¿Dónde yace el tesoro escondido de los cuerpos? Una mirada entre la biotecnología y el género.

Actualizado: 7 dic 2021

Luz Neveu & Romina Rosales Navarro (ensayo)

Lolo Riquelme (ilustraciones)



El artefacto, la máquina, aquel artilugio producto del devenir y la sobrecarga de material artificial proporcionada por el capitalismo y la tecnología se encuentran a disposición del sujeto en todo momento. Cualquier objeto u elemento es proclive a ser insertado, intervenido e incorporado a la carne. El cuerpo humano, como estructura física y mental, puede ser escenario de muchos experimentos. Un órgano puede ser removido, así como se corta una uña o se arranca un pelo. Una extremidad intrusa, proveniente de otro ser o de un origen artificial, que ya carga con el estigma de no ser algo espontáneo u algo arraigado a los bellos valores de lo natural, puede comenzar a funcionar como parte del ser corpóreo, a niveles físicos, psíquicos, emocionales y espirituales.


Un cuerpo producto de relaciones, de instituciones, de fragmentarismos, es el cuerpo del cyborg. En este sentido, ¿el concepto de unicidad, originalidad o identidad son tan importantes? ¿Son constitutivos obligatoriamente de una nueva subjetividad? La identidad, aquella que por definición encierra connotaciones irremplazables, única en cada ser humano, se diluye en la corporeidad. El cuerpo que necesita ser expuesto y ser sabido, encarna historias y hace emerger nuevas significaciones en su seno mediante la autoproclamación a través del lenguaje.

Leyendo a Jean Luc-Nancy en su autobiografía El Intruso, comenzamos a cuestionarnos cuánto hay de propiedad y de identificación real con nuestro propio cuerpo. En estas lecturas realizadas, el trasplante se deja visualizar como aquel procedimiento en que no sólo hay un órgano que es sustituido por otro, sino que hay un organismo receptor, que debe aunar las condiciones para no rechazar aquella sustitución. El trasplante se vive, en Nancy, como una lucha entre enajenación y reconocimiento personal, el cuerpo se concibe como escenario de convivencia y conflicto entre múltiples factores y artefactos que no siempre concuerdan. ¿Cómo se configura la relación entre uno mismo y una nueva parte de sí? ¿Cuánto hay de propio en los órganos que nos constituyen?



El trasplante de corazón de Nancy a causa de su miocardiopatía le genera a este una sensación de ajenidad para con su propio cuerpo. Podemos pensar entonces, que esa ajenidad para consigo mismo comienza a trasladarse hacia cualquier objeto, persona u espacio externo. En el intento de supervivencia, hay un esfuerzo por autoidentificarse con esa alteridad, con ese órgano que no es originario de sí mismo, pero que le pertenece y lo constituye como tal. Aquel intruso, aquel extraño en casa o cuerpo ajeno, comienza a formar parte de la representación de sí mismo, pero siempre en constante cuestionamiento. La tensión sobre la existencia o no de una identidad en relación al cuerpo es crucial. Es allí, en aquella búsqueda de rasgos identitarios físicos donde el cuerpo se posiciona no en la vida, ni en la muerte. Afín a la concepción Derrideana, la supervivencia ya no es sólo continuar viviendo, sino vivir tras la muerte. La naturalización del órgano nunca es completamente posible, porque el significado de la experiencia corpórea de aquella intervención realizada jamás es propia. O al menos esa es la experiencia de Nancy.



A partir de los planteos de Judith Butler acerca de la performatividad del género, y su reflexión acerca de la materialidad de los cuerpos en relación a todas las producciones teóricas acerca de género, que a su vez surgen mediante las lecturas de Merleau-Ponty, quien pone de relieve la figura del quiasmo, expresando justamente ese entrecruzamiento entre la materialidad del cuerpo y el mundo. Es entre este planteamiento, donde Butler inicia su búsqueda hacia una nueva interpretación del entrecruzamiento entre cuerpo y discurso mediante la figura del quiasmo. En el afán de poder asir más elementos para intentar un acercamiento con lo que nos convoca y nos motiva esta escritura, llegamos a Preciado, y encontramos en su farmacopornografía una relación del cuerpo y de la tecnología, profundizando en el concepto de la biotecnología, que establece un régimen prostético de los cuerpos, se postula de manera problematizada y crítica, siendo una biopolítica negativa expresa, en el sentido de que la técnica y sus avances científicos en el campo de las intervenciones científicas del cuerpo, están en servicio de relaciones de producción y reproducción y desarrollo de los cuerpos en un marco mercantil, heteronormativizado. Este cuestionamiento nos lleva a pensar cómo son los mecanismos con los cuales la tecnología atraviesa los cuerpos, aquellos cuerpos que, mediante intervención científica, adquieren un compromiso de representación y de resistencia frente a lo instituido dentro de una emancipación de la dominación. En el proceso de la construcción de género, planteado desde el acto de habla, donde el discurso se hace materia y donde se vuelve una emanación de ese cuerpo, la performatividad no es considerada como un acto aislado, sino como una “práctica reiterativa y referencial mediante la cual el discurso produce los efectos que nombra” (Butler, 2002: pp.28). De esta manera, nos guiamos en la lectura y nos perdemos a través de un recorrido donde se presenta al poder y a sus efectos productivos en relación a su efecto sobre la normativización del sexo en los cuerpos, donde la norma prescribe en ellos el modo de ser interpretados por el conjunto social.


Situado en el seno de relaciones sociales, el cuerpo se construye y deconstruye voluntariamente. ¿Cómo se configuran, entonces, las identidades de aquellos cuerpos que son formados, construidos, artificiales, productores de su mismo reconocimiento en uno o más géneros, mediante el uso de la tecnología? Una reconstrucción del cuerpo es realizada a partir de una materialidad que debe ser maleable, flexible y moldeable, construible y deconstruible. Se nos presenta entonces el concepto de cyborg, esta nueva forma intersticial, un nuevo modelo que es sensible de ser abordado en relación a lo injerto que proporciona el avanzado uso de la tecnología. Como dice Donna Haraway, autora del Manifiesto Cyborg, “un cyborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción.” (1991, p.149).

De esta manera, podemos entender este concepto enmarcado en las relaciones de adaptación de aquellas personas intervenidas por la tecnología, dando importancia a los cuerpos pero no reduciendolos a la materialidad. El sujeto es atravesado por relaciones sociales, y, al ser modificados desde adentro, producen modificaciones en su entorno. En relación a esto, las construcciones de un cuerpo atravesado por la tecnología son para Haraway, una nueva forma de setear el universo, sus relaciones sociales, políticas, familiares, reproductivas.



El intersticio que habita en la relación cuerpo-máquina, que permite cuestionar aquellas formas de género predeterminadas socialmente mediante relaciones de poder, puede pensarse fuera de la binariedad femenino-masculino, natural-artificial. Estos nuevos cuerpos vienen a apropiarse de sí, y a establecer nuevas relaciones en el plano social, político y cultural.

En el desarrollo de nuestra idea, y presentes en aquellos ámbitos a los que supuestamente no nos convoca la teoría, hemos dado cuenta de un mal que nos aqueja nuevamente: tenemos problemas para definir los entres. Entre la ficción y lo documentado de lo real, la no ficción. Entre mujer y hombre, transexual, o ¿travesti? ¿Se puede ser X? En medio de una entrevista de casting, la Dra. Skarnia respondió a nuestra pregunta raquítica y escueta “¿sexo?”, con tan sólo una letra: Soy X, respondió. Y entonces empezaron a aflorar preguntas. ¿Se puede ser un quiasmo? ¿Nos podemos leer de dos formas? ¿Qué me lo impediría? Digamos, es físicamente posible, no estoy quebrantando ninguna ley formulada por la maquinaria científica que clava con clavos las cosas a la tierra para que no se las lleve el agujero negro que tenemos en la cabeza. Alguien se había descripto como X ante nosotros, de pronto toda esa masa teórica tuvo sentido material. Pero ¿es corporalmente posible? A nuestro género lo podemos formar, moldear, poner en escena una y otra vez, construirlo desde mis palabras, mis lenguajes. En mi cuerpo entonces irrumpe, me interviene un elemento extranjero, mi cuerpo entonces se transiciona en un híbrido. Cuerpo, carne, prótesis, técnica, arte. Un nuevo cuerpo creado, un cyborg de film postapocalíptico, algo monstruoso para las dicotomías, algo anormal para la normativización incansable. Por eso es una biopolítica positiva, pues no está de ninguna forma al servicio del sistema.


Nos pareció entonces muy útil a nuestros fines el concepto de Cyborg como figura retórica para comprender un sujeto que se construye entre una realidad, la de su propio ser, su propio cuerpo, y la ficción, que se convierte en ese espacio de lo imposible o irrealizable, pero ahora se traduce en artificial y prostético, de mano de la técnica. Es necesario remarcar el contexto de surgimiento, de la mente de Haraway, de este concepto en busca de una estrategia liberadora para la mujer, entre el feminismo y un neomarxismo, conjugado con la tradición científica de su autora. Haraway critica la dominación masculina, a fines capitalistas, y racistas de la cúpula científica, y designa la condición quimérica de cyborg. Es blasfemo, porque el cyborg se presenta como un sujeto que se vuelve contra el si stema que lo dio a luz, el cyborg no tiene género regido por la normatividad, el sistema no lo puede obligar a reproducirse. El cyborg elude la historia de un origen en el sentido restringido de la concepción occidental, por ende no se le exige una vinculación con lo natural. Es pertinente entonces porque elimina la taxonomía que detallaba a la mujer, alejándonos de una idea natural de lo que es ser mujer, y también, a nuestro entender, lo que debe representar el hombre de la sociedad heteropatriarcal. Nos encontramos entonces con un breve documental que nos introduce en un mundo que parecía librado de su inserción en la comunicación masificada. Una comunidad zapoteca, que antes de haber sido conquistada por esta tribu, tenía un régimen matriarcal, y la existencia de los muxes, mujeres que habían nacido biológicamente como hombres, pero que de pequeños se identificaban y construían como mujeres. En esta comunidad los muxes, eran apoyados por sus madres en su nueva codificación y también por el resto de los habitantes. Hasta hoy día se preserva la tradición que se volvió la aceptación de los muxes, pero al estar contaminada por las incursiones heteronormativas del sistema capitalista, también hoy día se ven discriminadas, y aún más si salen de la comunidada, se ven enfrentadas a la precarización, el hostigamiento, y la muerte con las que las grandes ciudades recibe estas muxes. Encontramos interesante exponer sobre esta comunidad, porque se nos plantea una relación con la idea que sostiene Haraway. Estas muxes conservan aún su aura, si se mantienen en su comunidad dentro de este sistema ritual. Su función en este sistema está regida y normalizada, pero no bajo los cánones de un intransigente heteropatriarcado. En este sentido podemos compararlas con el modelo de cyborg que plantea Haraway para una emancipación de las mujeres en un sistema organizado, mediado por la técnica, que se sirve de ésta para generar más y más modos de sujeción y control, sometimiento y precarización de la mujer y las minorías que exceden la norma de sexo, etnia, y clase. Pues la lucha más grande de los cyborgs se da en el lenguaje, se lucha en contra de una comunicación perfecta, lineal, directa, contra una inteligibilidad única y direccionada que se ha cimentado a través de siglos de capitalismo. El cyborg es un híbrido quimérico que aloja en él el tesoro de la emancipación de los cuerpos de un estado que ha buscado sujetar a los individuos con todas sus herramientas semiótico-técnicas.



En el recorrido teórico que hemos realizado, desde Nancy como antecedente de la ajenidad de un elemento en el cuerpo, con Butler y Preciado desde la performatividad del género y la teoría queer que lo rodea, hasta Haraway y el cyborg emancipado, hemos pretendido entender cómo los cuerpos son subyugados y dominados por una norma que se ejerce con el poder de la naturaleza desde un modelo jerarquizante y alienante como son nuestros estados capitalistas. Nos hemos visto cuestionadas por la misma realidad al mirar hacia la situación actual de los cuerpos que están entre normas. Y vemos cómo la sociedad que ha engendrado, que ha producido y produce y reproduce este sistema tiene problemas con los entre, con los umbrales del género, y cómo actúa para ajustarlos a sus cánones. Pero a pesar del panorama apocalíptico, una biopolítica positiva nos parece un camino para transitar, de la mano como cyborgs emancipados, quimeras, hijos extramatrimoniales de la sociedad de consumo, blasfemos hijos que pretenden empoderarse contra sus castradores padres.


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