Fuego y tinta: sobre una misión para el lenguaje, la historia y la imaginación moral - Thomas Glave*

Actualizado: 11 mar 2021


Me paro aquí delante de ustedes esta noche, en esta conferencia histórica e invoco, parafraseando las tan conocidas palabras de nuestra fallecida hermana/madre Audre Lorde: que, como algunxs de ustedes, soy un escritor negro y gay haciendo su mejor esfuerzo por hacer su trabajo, y vengo a decirles que sé que muchos de ustedes están haciendo lo mismo – ese trabajo, que es urgente y necesario, y que nos ha traído aquí, a nuestra propia compañía, juntxs. Podría decirles cómo, tras esos largos y aún cortos años de la muerte de Audre – 10 años ya – he anhelado, visceralmente, la enorme fuerza de su poderosa voz sonando, una vez más, entre nosotrxs; mi anhelo es el anhelo que uno siente por una madre de la que apenas se puede creer que se haya ido físicamente, un acorde sagrado inexplicablemente ausente. Anhelando aquella voz que, cada día, sin agotarse, sin temor, impulsaba a muchxs de nosotrxs a hacernos cargo de todas las luchas y demandas que nos esperaban, la escritura y la tarea crítica de brindar un testimonio consciente sobre ello. Esa voz, hoy más ligeramente distante pero aún resonante, haciendo eco sin fin. Podría decirles como aún espero que Audre me amoneste de nuevo diciéndome que mi silencio nunca me protegerá, podría decirles cómo, en este cíclope que llamamos "América", aún sueño con poner finalmente mi anillo donde pertenece, en el pene de Essex Hemphill (Hemphil 184). Sueño con dejar que Assotto Saint me agasaje nuevamente con sus Hechizos de una Muñeca Vudú, mientras la memoria inquebrantable de June Jordan me electriza con su "Poema acerca de mis derechos". Sueño que Marlon Riggs desate mi lengua de nuevo y me empuje hacia lo desconocido para descubrir el lenguaje y los sentires con su poesía, mientras Pat Parker exige saber dónde estaré cuando vengan (Parker 74), ya que han venido antes y, tengan la seguridad, que lo harán de nuevo: vendrán con sus nacionalismos y banderas, vendrán con su sábanas recién lavadas y cruces humeantes; vendrán con sus gritos de acciones contra la inclusión, sus cuarenta y una (o cincuenta o cien) balas, y sus ataques contra personas que se perciben como de "Medio Oriente", dondequiera que estén, y contra personas que se parecen mucho a todxs nosotrxs; quienes somos y siempre hemos sido, al final del día y al comienzo de la larga noche, nosotrxs. Todxs nosotrxs, en continua búsqueda de un lenguaje que honra, testifica, inscribe experiencias, deshonradas y distorsionadas cuando se mencionan en las historias oficiales. Experiencias subvertidas y pervertidas por los circos de los medios de comunicación cuyos expertos, que reivindican el conocimiento y la propiedad de "la verdad", se autodenominan tenazmente como grandes pensadores. Podría compartir todos estos pensamientos contigo y más, pero ya sé, habiendo observado de cerca sus rostros durante estos últimos días y esta noche, que los han considerado durante mucho tiempo ya; que todxs hemos considerado durante mucho tiempo la configuración de nuestras narrativas, cuyo cuerpo en crecimiento proporciona un nuevo significado y amplitud al término "arte moderno". Desde luego, es ese conocimiento común el que nos brinda el gran privilegio de fácilmente sentirnos cómodxs en la compañía de cada unx. Porque si, como personas y artistas de ascendencia africana, hemos logrado algo (y no nos hemos equivocado, hemos escalado montañas y llegado a alturas más allá de lo previsto en los 137 años desde 1865), como lo demuestra esta conferencia, hemos logrado un inicio superlativo hacia el sueño de, parafraseando a Adrienne Rich, una lengua común.



Es totalmente apropiado que esta conferencia utilice en su título las palabras "fuego" y "tinta". Ya que, si echamos un vistazo a nuestra historia – una historia que, consentida o no, aceptada dentro de nosotrxs mismxs o no, informa profundamente los idiomas que buscamos construir en las arquitecturas narrativas que hoy ensayamos — recordamos cómo, a lo largo de cada época de esa historia, tanto el fuego como la tinta se usaron contra nosotrxs, a menudo con horribles consecuencias, pero también en nuestro nombre. El fuego redujo un número indecible de nosotrxs a cenizas mientras colgábamos de árboles robustos, incluso cuando el fuego de espíritus como Toussaint L’Ouverture e Ida B. Wells, Frederick Douglass y lxs cimarronxs de toda nuestra diáspora trabajaron para liberarnos. La tinta se secó en escritos y facturas de venta que aseguraban la opresión fría del hierro sobre nuestras piernas, muñecas y cuellos, incluso cuando, garabateada por otras manos, la tinta salía de las páginas de La Estrella del Norte, proclamando al mundo y a nosotrxs mismxs, sí una vez más, que éramos y somos seres humanos, poseídxs de corazones, mentes. Dignidad. El fuego y la tinta nunca cesaron sus alianzas feroces en nuestra historia, ya que, en esta conferencia, al comienzo de un nuevo siglo, comenzamos una vez más este trabajo mordaz que nos han transmitido todas aquellas manos que aún nos sostienen; manos que lucharon para crear historias que transmitir, de modo que nosotrxs y las historias que creamos hoy, puedan ser y sean.




Pasé semanas anticipándome a esta reunión con una pregunta sumamente apremiante: ¿qué aprendí de esa historia, si es que aprendí algo, y de lxs ancianxs difuntxs, entre otrxs, cuyos nombres invoqué anteriormente? ¿Qué preguntas nuevas, después de todo este tiempo, finalmente podrían no ser tan desalentadoras o ininteligibles? ¿Qué preguntas, si pudiera simplemente cerrar los ojos y convocar las palabras susurradas de la revelación, me aclararían el conocimiento por el que había luchado durante todos estos años? Luchado incluso mientras, a través de esos años, a menudo no tenía idea, o era incapaz de reconocer, el sitio primordial de ese anhelo

Llegué a una comprensión más satisfactoria, más significativa, más útil sobre la imaginación moral, para el trabajo humanístico que quería que hicieran mis obras, sobre sus características y principios fundamentales, por así decirlo. Sabía que, para mí, como lo ilustran las obras de los escritores que realmente amaba, mi propia imaginación moral tendría que ser intelectualmente vigilante, nunca descuidada; políticamente ágil y astuta, nunca complaciente; vulnerable y receptiva al mundo en general, consciente del mundo en general, ese mundo, allá afuera y aquí, más allá de la pequeñez de mi geografía personal pero intrínsecamente parte de él, unido a él; y siempre, sin excepción, compasiva. Al agudizar las reflexiones sobre estas preocupaciones, pronto comprendí que una imaginación moral, por su propia naturaleza y mandato, también necesitaría mantener una guardia firme contra las resbaladizas pendientes de los lenguajes distraídos, incluso destructivos - los medios de trivialización, banalidad y deshumanización que diariamente nos rodean.



La misma palabra "moral", por supuesto, especialmente cuando se vincula con la palabra "imaginación" sugiere la presencia de lo político: en un universo centrado moralmente -externo o interno, focalizado en el bienestar de toda la humanidad y de todas las criaturas vivientes con las que compartimos el mundo- prácticamente cada acción que se realiza, cada decisión que se considera, tiene importancia política, moral y, a menudo, si no es que siempre, ética. Incluso (o especialmente) con una conciencia de lo político que está ahí, en el equilibrio desigual que es tanto la circunstancia como la realidad inevitable del error humano, yo busqué, mientras exploraba las posibilidades del alcance de una imaginación moral, un tipo particular de libertad: para sentir, pensar y escribir, y soñar lo que quisiera pensar, escribir o soñar de la manera que quisiera, experimentalmente, iconoclásticamente en contra de cualquier tradición, sin las proscripciones de lo que yo o cualquier otra persona juzgue que debería, por cualquier motivo, pensar, o escribir, o soñar, de cualquier manera, ya sea prohibida o permitida. Este tipo de libertad (que intoxica en sus momentos más secretos, cuando el yo se permite el lujo más simple y más raro de ser simplemente quien es) es, como sabemos, por decirlo de alguna manera, muy escurridiza, entre nuestra especie: es decir, entre los seres humanos que también son animales sociales; en nuestro caso, animales que también son artistas que, independientemente de lo que hagamos, estamos obligados a vivir y participar en sociedades contenidas y delimitadas por las normas y controles sociales. Sin embargo, esta libertad tenía que existir, lo sabía. Otrxs escritores y otrxs artistas (sobre todo lxs pintorxs más destacadxs, algunxs bailarinxs, y especialmente lxs músicxs de jazz) lo habían logrado. Lentamente, a medida que me volví más consciente de las explosiones artísticas que surgen en la literatura queer negra contemporánea (trabajos producidos particularmente en los últimos veinticinco años, incluido el trabajo vanguardista de las primeras feministas lesbianas negras), me di cuenta. Me di cuenta de que ser un escritor gay y negro quería decir que podía, ¡por supuesto! escribir sobre cualquier cosa que eligiera, de la manera que prefiriese, sin importar lo que hicieran los demás, sin importar lo que amigxs, otrxs escritorxs o editorxs, agentes y críticxs tenían para decir. Significaba que todxs podíamos. Podíamos escribir primero y ante todo sobre nosotrxs mismxs, nosotrxs a quienes muchxs no habían considerado como tema digno de la literatura, si es que siquiera nos habían pensado. Podíamos escribir sobre nosotrxs mismxs desde el género y la clase; a través de la historia, la geografía, la nacionalidad y ciertamente la sexualidad; todo eso mientras gozábamos en esos actos acrobáticos de la imaginación. El gran significado —el triunfo real— de estos últimos puntos no puede ni debe pasarse por alto, dado el mundo en el que vivimos: un mundo que busca continuamente inscribirnos, literalmente, por fuera de la existencia, o truncarnos, caricaturizarnos y demonizarnos, cuando no está despiadadamente ocupado en simplemente ignorarnos. Ese mundo intenta demolernos y lo intenta constantemente. Sin embargo, ha fracasado miserablemente en tantos de esos intentos, como lo demuestra esta conferencia.


Y entonces, aquí, si elegimos aceptar esa libertad que, para mí, durante mucho tiempo me había parecido tan esquiva: esa libertad de adentrarse enteramente en una imaginación que es expansiva e intrépida. Una que no huye, sino que abraza el riesgo. Una libertad que nos mueve, finalmente, hacia una verdadera imaginación moral que por su propia naturaleza posee un profundo respeto por la vida de otras personas. Una desarrollada conciencia que se indigna por la crueldad y que siempre es escéptica ante la lógica simplista o la respuesta trivial. Visto bajo esta luz, tan imaginativo reino exige que asumamos el desafío (y lo desafiemos) de imaginar, con la mayor compasión y la mayor amplitud posible, otrxs más allá de nosotrxs mismxs. Otrxs que, mediante un acto creativo, en el mejor sentido de la expresión, podamos sentir y ver realmente, hasta ya no ser para nosotrxs le "otrx". En el amplio drama humano, conocido más casualmente como vida, se requiere un matrimonio de la voluntad moral, ética y creativa, se requiere que demos testimonio de las grandes y pequeñas alegrías, así como de las tristezas, de esas muchas vidas y muertes. Vidas y muertes que, en el drama permanente, son también y siempre serán, no nos equivoquemos, las nuestras. Esta tarea, la aceptación de un sentimiento francamente profundo y de gran riesgo, es tremenda, por supuesto. Pero no imposible. Considérelo (para tomar prestada la frase de Vaclav Havel) un arte de lo imposible. Un arte que, en su centro más esencial, solo insiste en que nos escuchemos profundamente; que nos atendamos primero, con tanta valentía y amor propio (el amor propio no debe confundirse con el narcisismo o la egolatría) como podamos, para después de una lucha sostenida con el arte, movernos, nosotrxs, con equilibrio y gentileza, a través del yo de les otres en esta enorme aventura que llamamos vida, literatura, invención; espíritu, sentimiento y visión. Y si bien puede ser cierto que ocasionalmente tropezamos en el acto de llegar a imaginar y transformar las complejidades de nosotrxs mismxs y de otrxs, también sabemos, ya debiéramos saberlo, que tal tropiezo es, sino permisible, necesario. Porque es sólo a través del tropiezo, en sintonía con nuestra propia humanidad y sus inevitables fallas (de las que nunca queda eximida la gran imaginación), que llegamos a la experiencia y comprensión más rica posible -para cada artista y ser humano- del lugar pre-eminente para nuestro continuo crecimiento y camino hacia la sabiduría: la humildad, encarnada en la simple gracia y coraje que nos permite admitir que sí, hemos fracasado. Pero luego, teniendo en cuenta estas verdades y otras, también estamos obligadxs a recordar que el fracaso - lo que nosotrxs, como artistas, eruditxs y en ocasiones críticxs, llamamos con temor o desprecio de autoprotección fracaso- es un lujo que todxs, tomando el lugar que nos corresponde en el drama humano, no sólo podemos, sino que debemos afrontar. Porque sólo a través de lo que erróneamente consideramos como "fracaso" es que aprendemos. Agraciadxs por la humildad, que es en sí misma una forma de libertad, entendemos que el fracaso no se acerca en absoluto a la aterradora noción de condena en la que hemos sido educadxs durante tanto tiempo. En los actos de la imaginación y de la vida diaria, a menudo fallamos, es cierto. Pero en los renovados imaginarios y hálitos que cada momento nos trae, a menudo tenemos éxito, también eso es cierto. Una imaginación moral, en busca del lenguaje y la historia, conoce y comprende estas verdades. Las firmes miradas de nuestrxs ancianxs y ancestrxs hace mucho que nos lo dejaron en claro. Acaso no nos dijo Toni Morrison, hace sólo nueve años en Estocolmo, que “Morimos. Ese puede ser el sentido de la vida. Pero nosotros construimos el lenguaje. Esa puede ser la medida de nuestras vidas” (22). Acaso James Baldwin no nos dijo, hace más de tres décadas, al final de su visionaria ficción "Sonny's Blues", que "la historia de cómo sufrimos y de cómo nos deleitamos y cómo podemos triunfar nunca es nueva [pero] siempre debe ser escuchada. No hay otra historia que contar, es la única luz que tenemos en toda esta oscuridad "(139) Acaso no nos dijo Joseph Beam… cómo soñaba con “...hombres negros que amaban y apoyaban a otros hombres negros, y que aliviaban a las mujeres negras del papel de cuidadoras primarias en nuestra comunidad... Durante mucho tiempo hemos esperado de las mujeres negras lo que solo podríamos obtener de otros hombres... En estos días, las noches son frías y los silencios hacen ecos con complicidad” (239, 242). Y Audre no nos dejó finalmente con la carga de que "Esta es la razón por la cual el trabajo es tan importante. Su poder [se encuentra] en… el músculo que se halla detrás del deseo generado por la palabra “esperanza” que es un estado que nos impulsa (con los ojos abiertos y temerosos) en todas las batallas de nuestras vidas. En algunas de esas batallas no ganamos. Pero en otras sí.”

Si lo hicieron. Y sí, lo hacemos.

Lo hacemos, aferrándonos a la memoria, el deseo, el lenguaje; a la historia, la imaginación y la esperanza. Viviendo y escribiendo, en la esperanza y la historia[1], las palabras de nuestrxs mayores y de otrxs a nuestro lado y dentro de nosotrxs, mientras recordamos que, desde nuestra inesperada llegada a esta región del globo, hemos sido (y seremos por algún tiempo) un pueblo del “entre”: entre África y las Américas, literalmente con guiones, como si un guion entre dos palabras pudiera incluso comenzar a recordar o sugerir cuatrocientos años de violencia y los secretos casi inimaginables de un océano amnésico; entre lo "queer" y lo "gay", lo "lesbiano" y lo "bisexual"; entre el hogar y la nación (pero ¿el “hogar” de quién y la “nación” de quién?); entre definiciones estrechas de género y roles de género; entre demasiado negro para ser de utilidad y no lo suficientemente negro; entre tradición e innovación, conformidad y rebelión; entre el norte y el sur, o "aquí" y "allí", diaspóricamente hablando; entre idiomas y restricciones y condenas impuestas a los lenguajes; entre colonia e imperio, extranjero ilegal y poscolonial; entre poesía y prosa, erudición y teatro; entre “la academia” y la “comunidad”, ¿y qué comunidad, por cierto? Negro, queer, queer negro, mujeres, mujeres negras, mujeres queer negras, zamis, gays o lesbianas negrxs pero no queer, o amantes del mismo sexo, gracias, ¿pero no gay? ¿Una comunidad del mundo? ¿Una global que incluya a todas las sociedades y civilizaciones? ¿Otro arte de lo (im) posible? ¿Cuál? Entre, entre, pero siempre, en nuestros momentos más centrados, en la exacta y superviviente raíz cuadrada de nosotrxs mismxs.


Creo finalmente que, como personas dedicadas a una participación íntima y continua con la palabra, también es nuestra tarea —debe ser nuestra tarea— ejercer un escrutinio severo y riguroso sobre los muchos lenguajes disciplinatorios y disciplinantes que todos los días y todas las noches tratan insidiosamente de penetrar y corromper nuestros propios sueños: los lenguajes engañosos de las historias "oficiales", que en primer lugar nunca poseyeron ningún derecho a la oficialidad, ni de ninguna manera han simpatizado con las verdades reales de la vida de la mayoría de las personas; los lenguajes tiránicos de los sistemas estatales y los regímenes pseudodemocráticos, todos los cuales han funcionado y continúan funcionando no como lenguajes de comunicación y conocimiento verdadero, sino más bien como motores de la miseria y degradación humana: el resultado final de las nefastas uniones entre el despotismo y la plutocracia; y los balbuceos consumistas y embrutecedores de los medios de comunicación, que, en su salvaje incoherencia, degradan tan brillantemente como trivializan, tan diabólicamente como instigan. Mientras damos forma a nuestros propios lenguajes contra, si no en reacción directa a, estos continuos ataques, debemos permanecer siempre conscientes de las palabras en sí mismas: lo que significan para nosotrxs, han significado y significarán en y para nuestro futuro (literario y de otro tipo). Al mismo tiempo, nos vemos obligadxs a protegernos de nuestra propia vulnerabilidad: nuestra capacidad de dejarnos arrullar por estos falsos lenguajes y los pequeños premios que sus sistemas e ideologías ofrecen por el concilio, la capitulación, la rendición total. Haríamos bien en oír a la escritora Arundhati Roy, quien arriesgando su propia vida como voz disidente en su India natal nos dice:


Tenemos libertad de expresión. Tal vez. Pero ¿tenemos verdadera libertad de

expresión? Si lo que creemos que debemos decir no vende, ¿seguiremos

diciéndolo? ¿Podremos seguir diciéndolo? ¿O esperará todo el mundo que

digamos cosas que se puedan vender? ¿Será posible que lxs escritorxs

acabemos desempeñando el papel de bufones de palacio? ¿O que nos

convirtamos en la versión sofisticada y moderna, del siglo XXI, de los eunucos

de la corte, y procuremos satisfacer todos los deseos de los presidentes de

nuestros consejos de administración? Ya sabés: pícarxs, pero simpáticxs. Un

poco atrevidxs, tal vez, aunque sin pasarse de la raya.


Roy nos advierte, elocuentemente, que los riesgos de la seducción en el mercado caprichoso de la mercantilización y las atracciones mediocres, son perniciosos y están siempre presentes. Sin embargo, en esta conferencia, aunque sólo sea en virtud de su existencia y nuestra presencia y participación en ella, estamos asumiendo un riesgo, con suerte, del tipo más ennoblecedor y alentador. Continuemos, pues, y, para terminar, preguntémonos por fin: ¿dónde nos deja todo esto?


Nos deja donde empezamos, por supuesto, que es aquí. Justo aquí, en esta sala, en el campus de una universidad estatal, en una ciudad del medio oeste, en la unión respirable de poder y fuerza que es el evento de todo este fin de semana, pero ese lugar es también, de manera más urgente y crítica, nosotrxs mismxs. Nos deja donde comenzamos, pero mucho más allá de ese lugar; reunidxs aquí entre las bendiciones sagradas de nosotrxs mismxs, aunque no esté siempre bendecida ni garantizada nuestra existencia cuando partamos de aquí. Nos deja disfrutando del resplandor de la seguridad y el placer de esta conferencia, incluso cuando sabemos que casi nunca estaremos segurxs, ni siempre seremos acariciados por el placer. Nos deja en este cataclismo que llamamos "América", con la mano insegura doblándose para colocar, por fin, el anillo donde pertenece, en el pene de Essex. Nos deja Zami-dicadxs por Audre y disparadxs hasta la médula por Pat y June, todavía de luto por nuestra pérdida de su yo-físico, pero encargados de recoger sus palabras y correr, "con los ojos abiertos y temerosos", hacia cualquier nuevo trabajo de gran repercusión que nos aguarde. Nos deja con suerte, con las lenguas desatadas, acercándonos, aunque no estemos listxs para, pagar o abstenernos a pagar, el precio del boleto; mientras damos un paso adelante para encontrarnos con el hombre, la mujer, corporación, o cualquier nueva artimaña que, en nuestra despedida, los príncipes mercaderes reinantes de nuestro tiempo sueñen. Nos deja en última instancia, al borde de un precipicio, a la vez temible y deslumbrante, desde el cual, como tantos lemmings insensatos, no nos arrojaremos al mar asesino, sino desde el que, como nos dijo uno de nuestros maestros: “[Nuestra] imaginación mira”[2]. Un precipicio desde el cual, como entonó esa voz, todxs estamos "minando, escudriñando y bruñendo lenguajes, en busca de iluminaciones que ninguno de nosotrxs ha soñado". Un promontorio desde el cual, estando así, nunca realmente "nos quedaremos perplejos o nos voltearemos para dar la espalda”.



Nos deja allí, que es de repente, como siempre fue, aquí. Ahora, sí, y otra vez, mientras recordamos la historia que nos dejó indecibles pensamientos finalmente decibles, traemos a la vida las palabras que harán que nosotrxs -como lxs que nos precedieron y perecieron entre brutales infamias de fuego y tinta- nos convirtamos, como nuestros lenguajes y nuestros sueños, en historias que se transmitirán y legarán.




NOTAS:

[*] Conferencia “Fire and Ink: A Writers Festival for Gay, Lesbian, Bisexual, and Transgendered People of African Descent”, Universidad de Illinois-Chicago, 21 de Septiembre de 2002. Traducción libre de Mariana Olivares y Vanina Rodríguez. [1] Ver Gordimer, Nadine. Living in Hope and History: Notes From Our Century (1999). [2] Esta cita y las dos siguientes fueron tomadas de “Nobel address” de Toni Morrison.




OBRAS CITADAS:


Hemphill, Essex. “American Wedding.” Ceremonies: Prose and Poetry. San Francisco: Cleis Press, 2000.

Parker, Pat. “Where Will You Be?” Movement in Black: The Collected Poetry of Pat Parker 1961-1978. Ithaca, NY: Firebrand Books, 1978.

Havel, Vaclav. The Art of the Impossible: Politics as Morality in Practice. New York: Alfred A. Knopf, Inc., 1997.

Morrison, Toni. The Nobel Lecture in Literature, 1993. New York: Alfred A. Knopf, Inc., 1994.

Baldwin, James. “Sonny’s Blues.” Going to Meet the Man. New York: The Dial Press, 1965.

Beam, Joseph. “Brother to Brother: Words From the Heart.” In the Life: A Black Gay Anthology. Ed. Joseph Beam. Boston: Alyson Publications, 1986.

Lorde, Audre. “A Burst of Light: Living With Cancer.” A Burst of Light: Essays. Ithaca, NY: Firebrand Press, 1988.

Gordimer, Nadine. Living in Hope and History: Notes From Our Century. New York: Farrar, Straus & Giroux, 1999.

Roy, Arundhati. “The Ladies Have Feelings, So . . . Shall We Leave it to the Experts?” Power Politics. Cambridge, MA: South End Press, 2001.





38 visualizaciones0 comentarios