El cine como catalizador de una experiencia etnográfica. Un viaje por las Sierras de Valle Fértil.

Por Diego J. Garcés [1]



Introducción


El jueves 14 de septiembre de 2019 viajé a las Sierras de Valle Fértil. Había sido convocado por un equipo de realización cinematográfica, cuya productora se llama Mulánima [2] y pertenece a un joven sanjuanino, llamado Juan Francisco Montes. Por él conocí otras tres personas, dos camarógrafos (Bruno Sesto y Nicolás Farina) y un sonidista (Javier Ruiz).


El propósito de este artículo es analizar reflexivamente la vivencia con el mencionado equipo de realización cinematográfica en las Sierras de Valle Fértil, tomando a la productora Mulánima como un catalizador de la experiencia etnográfica. Desde ese lugar propondré, que el cine es una disciplina, que como otras tantas entre las que incluyo a la antropología, construyen narrativas sobre el territorio vallista que recrean performáticamente el mismo.


Algunos de los interrogantes de este trabajo, se desprenden de la teoría poscolonial y sus discusiones en torno a la representación del sujeto subalterno, permitiéndome cuestionar cuándo es que los pobladores de las Sierras, podrán narrarse a sí mismos. Si esto ocurriera, ¿dejarían de ser subalternos? Spivak, (2003) ¿O la condición de subalternidad está signada por la incapacidad de contar su historia y ser condenados de manera permanente a ser narrados por otros? En otro aspecto, la experiencia catalizada por los cineastas puso en marcha la reflexividad sobre mi propio lugar en el campo, y la construcción de narrativas sobre el mismo, tanto por parte de los cineastas, como de mi propia escritura antropológica. En este sentido, intentaré lidiar con otros interrogantes, tales como: ¿qué hacer cuando uno comienza a tener responsabilidades sobre la existencia de un discurso sobre otros, del que no tiene el control? ¿Cómo hacer para separar mi lugar como antropólogo, del lugar de la productora y su idea sobre de la películayufZAs? ¿Qué pasa cuando eso de lo que uno necesita tomar distancia, se corresponde con los más hondos preceptos disciplinares? A continuación, el abordaje de estas incómodas preguntas que comenzaron a invadirme, en el vaivén generado por el paso lento y decidido de las mulas.



Las Sierras de Valle Fértil


Las Sierras de Valle Fértil son la porción geográfica oeste de lo que en arqueología es definido como Sierras Centrales o Pampeanas. Corresponden al territorio más oriental que existe en la provincia de San Juan y que linda con la provincia de La Rioja en el extremo norte.



Todo el límite oeste del Departamento Valle Fértil con el desierto del Bermejo, es un accidente geológico mucho más antiguo que la Cordillera de los Andes, que está fechado en el período Triásico. Son esos macizos los que componen la porción sanjuanina de las Sierras Centrales o pampeanas que describo. Por la Ruta N°510 que recorre de forma paralela el límite este de la Provincia de San Juan, se encuentran cada uno de los poblados erigidos en el piedemonte de las sierras. Así es que, sobre la ruta, desde Marayes hasta el Parque Nacional Ischihualasto, encontramos una multiplicidad de accesos a la “vida serrana”[5]. Esta serie de accidentes montañosos es conocida como Sierras de la Huerta, y a su vez se subdividen en Sierras de Chávez, Sierras de Elizondo y Sierras de Riveros.


Entre las milenarias quebradas que surcan los valles serranos de esta porción del territorio sanjuanino, es que acontecieron las situaciones sobre las que reflexiono en este artículo. Los valles, que en tiempos de los dinosaurios fueron una gigantesca cordillera, son hoy el hogar de puesteros, en algunos casos auto adscriptos como diaguitas, criadores de animales y cazadores, entre una multiplicidad de entidades no humanas que habitan las sierras.


La vida de algunos de estos puesteros es de interés para agentes externos a la vida serrana, un interés rastreable en diferentes agentes y agencias: la política gubernamental, antropólogos y cineastas, entre otros. Sobre la curiosidad que personas ajenas al entorno de las sierras tienen sobre ellas, más que sobre aquellas que viven allí hace generaciones, es que versará este escrito, con el propósito de discutir, si no es que los puesteros serranos, preferirían, como Isabelle tengers (2014) sugiere, que los dejemos en paz. A su vez pretendo entablar una discusión acerca de qué mostrar y qué no de esas poblaciones, para dejar de contribuir de una vez por todas al esencialismo antropológico con que poblaciones de estas características son descritas por la disciplina de la cultura, es decir la antropología.



El cine como catalizador


Un catalizador, por definición, es una sustancia que acelera o retarda una reacción química. Me valgo de este término para analizar mi experiencia porque la situación de campo estuvo catalizada por el grupo de cineastas con quienes fue compartida.

Desde un principio, se me contactó para formar parte de la realización de un documental. Juan Francisco Montes, (Gamuza), tenía la aspiración de hacer una película sobre las Sierras de Valle Fértil. Enterado en campo de que había un antropólogo trabajando con las personas de su interés, se comunicó conmigo, para que lo ayude a realizar un documental sobre “la vida en las Sierras”.

La propuesta me llamó la atención, ya que significaba la posibilidad de acceder a poblaciones de las sierras de Chávez y Elizondo, que se incluyen dentro de mi propuesta investigativa doctoral. Pensaba que más allá de participar o no en la realización de la película, unirme a los cineastas en el viaje, posibilitaría conocer a personas que suponía, podrían convertirse en informantes clave de mi etnografía. Pero cuando estuve allí, el extrañamiento hacia los cineastas fue mayor que el que tuve hacia mis nativos, habitantes de las sierras. De alguna manera, por mi trabajo de campo previo y por ser un sanjuanino con una trayectoria personal vinculada a Valle Fértil, el modo de vida que practican puesteros serranos, era algo conocido. Si bien no conocía a muchas personas a las que accedí en el viaje, las costumbres y las maneras de afrontar la cotidianidad, es decir, las condiciones de vida, no son muy distintas a las de los majadeños, a quienes conozco desde niño[6]. Por lo tanto, la reflexión que aquí desarrollaré, versará más sobre los cineastas que catalizaron la experiencia, que de los habitantes de las sierras.


Mientras viajaba en la mula, pensaba en múltiples situaciones, disfrutaba el viaje al tiempo que algo me aterrorizaba. Para los cineastas yo era el antropólogo de su expedición y, por lo tanto, una llave de acceso a un mundo que ellos conceptualizan como premoderno, debido a las características históricamente asociadas a lo rural que los puesteros mantienen en sus prácticas cotidianas. Para mí, los cineastas, tan modernos como yo, pero también otro tanto como los puesteros[7], se convertían en el principal objeto de estudio. Paradójicamente, el antropólogo que viajaba con un grupo de urbanitas al campo, detrás de la huella de la población local (el intento antropológico por llegar a una aldea), atraviesa un sentimiento de incomodidad, pues es testigo directo de cómo la cámara registra algunos momentos de la vida en la sierra y no otros, y de cómo entonces aquello que es registrado tiene muchísima más relación con las reglas que un mercado de la imagen impone, que con lo que pasa en el territorio. Desde que comencé a experimentar esa situación, pensé que lo que verdaderamente ocasionaba extrañamiento, era cómo operaban en el terreno los agentes del cine.


Lo que aquí desarrollo es un intento por “desviar la cuestión de los Otros, en especial Otros que son pobres y carecen de poder, y traerla hacia nosotros y nuestras propias prácticas bastante violentas con las cuales nos configuramos a través de la creación de objetos de estudio” (Taussig, 1995:57). Me refiero a prácticas narrativas que crean Otros, a través del empleo de categorías conceptuales como folk-urbano, tan sedimentadas y usadas que se tornar irreflexivas, logrando pensar por nosotros. En este sentido el trabajo constituye también un intento por poner en marcha un mecanismo de sospecha para no ser pensados por lo que creemos pensar (Bourdieu, 1997:92), para que lo que sea dicho pueda ser algo significativo y no una reproducción de lo ya dicho y pensado por nuestros “padres fundadores disciplinarios”. Así, algunas veces apoyadas en pautas estéticas o artísticas, otras en disciplinas científicas y otras, quizás las más cotidianas, las que se apoyan sobre campañas políticas partidarias, los puesteros de la sierra son narrados como sujetos esencializados por su vida en el campo. La acción de los cineastas entendida como parte de “nuestras prácticas” en el territorio, es lo que se abordará críticamente en el trabajo. Pues en la posibilidad de realización de una película documental es donde converge una multiplicidad de acciones sobre otros, por un nosotros, que considero, merece atención.



El viaje con los cineastas


El domingo 15 de septiembre de 2019 llegué a Valle Fértil en el colectivo que arriba a la terminal sobre las 23hs. Cuando llegué a las Cabañas Chunkay, donde Juan y el resto del equipo me esperaban, el viaje estaba en duda. A la suegra de Juan acababa de darle un ACV y se encontraba en una clínica privada de la ciudad de San Juan. Él estaba desesperado porque el viaje ya se había suspendido la vez anterior y no podía creer lo que ocurría. Los otros miembros del equipo lo consolaban y le decían que debía volver a la ciudad para acompañar a su esposa y trataban de tranquilizarlo diciendo “ya vamos a poder subir Gamu, no te preocupes”. Hasta que Bruno Sesto, uno de los camarógrafos, le dijo: “Y si vos te animás y nos das instrucciones, nos mandamos solos, ya estamos acá”. Fue ese el momento en el que Gamuza se volvió a nosotros cuatro y nos dijo ¿En serio ustedes se animan a hacerlo sin mí? Luego me miró a mí en particular y me dijo ¿Vos te animás a subir a la sierra en mula con éstos que nunca se han subido a un caballo Diego? Con muchísima inseguridad y sin tener total dimensión de lo que estaba diciendo en ese momento respondí que yo había ido con el interés de viajar a las sierras y conocer gente que vive allá, que, si todo estaba listo, aunque Juan tuviera que volver a la ciudad, podríamos hacerlo sin él. Juan enloqueció y vio en mi palabra la posibilidad de que sus planes no se vieran interrumpidos y se quedó toda la noche despierto, elaborando un plan detallado, en donde se especificaba lo que sería nuestro itinerario, las personas que nos esperarían en cada lugar, pero, además, instrucciones acerca de qué debía ser filmado. Me nombró a mí el nuevo guía de la expedición y pidió a los demás que me hicieran caso. Ya era un hecho, el viaje se hacía igual y, paradójicamente, nuestro mentor se bajaba del barco antes de que zarpara. Comenzaba entonces una experiencia sin precedentes en mi trayectoria, pues esto implicaba un verdadero “viaje” en todas las acepciones de la palabra. En su desenvolvimiento esta vivencia, se tornaría un viaje, en el sentido etnográfico más “clásico”.


El lunes 16 de septiembre de 2019, a las 09:00hs llegó Alfredo Chávez, por las cabañas Chunkay[8], en una Toyota Hilux. Nos contó que él era originario de las Sierras y que ahora se dedicaba a hacer viajes en esa camioneta, todos los días. Cargamos nuestras cosas y los diferentes bártulos correspondientes a los equipos de cine. Luego salimos hacia el norte, hasta una casa que está antes de cruzar el puente de Usno, en donde nos detuvimos a comprar dos fardos de pasto. Serían necesarios para alimentar los animales durante la travesía. Luego paramos en un supermercado en donde compramos un poco de fiambre, pan, galletas, cigarrillos y encendedores. La última parada antes de iniciar el viaje, fue en una gomería, en donde Alfredo controló cada cubierta de la camioneta, asegurando estuviesen a punto (yo me alegré de que lo hiciera, ya que antes había notado que las gomas estaban desechas). Asegurado este último detalle Alfredo encaró la Ruta Provincial N° 510 hacia el sur, hasta tomar la huella que entra hacia el oeste, en dirección a los Bretes por Quimilo. Hicimos una gran subida y luego de atravesar el pequeño caserío de Los Bretes, empalmamos con el nuevo camino[9]. Comenzamos a subir y fue notable como la vegetación fue cambiando, los cactus fueron desapareciendo lentamente, todo el monte alto también. Plantas como jarillas (Larrea Cuneifolia) fueron sustituidas por coirones (Festuca gracillima Rothm) de diversos tamaños.



Llegar a las sierras de Chavez es lentamente dejar el paisaje de monte tupido y plagado de cactus columnares (Carnegiea gigantea) que caracteriza a Los Bretres, Quimilo y La Majadita, para entrar en una estepa, similar a la cordillerana, aunque con mayor ocupación por parte de pastos coirones. Desde la camioneta de Alfredo Chávez pude notar la transformación del paisaje. Llamó mi atención, detectar que, en simultaneidad con la desaparición de las jarillas, los garabatos (Acacia furcatispina), cactus y demás monte denso, propio de las zonas más bajas, aparecían esporádicamente unos grandes arbustos de una hoja carnosa y verde oscura. Eran de diversos tamaños, pero los más grandes incluso llegaron a cuadruplicar el tamaño de la camioneta. ¿Cómo se llama ese arbusto Alfredo? Le pregunté. _”¿Esa?, me respondió señalando una. “Esa es la Chica” (Ramorinoa).


Subir a las Sierras empezaba a significar conocer muchas cosas de las que había escuchado desde niño en La Majadita. Siempre había estado presente en relatos anecdóticos, la Fiesta de la Chica y el Tomillo, (Thymus), que se celebra todos los años el 12 de octubre. Pero hasta subir a Chávez, jamás había visto una Chica, como tampoco había visto una infinidad de especies que no son comunes más abajo, tales como Gualanes[11], Chilcas (Baccharis), Molles (Schinus Molle), todas nomenclaturas con las que Alfredo respondía mis preguntas.


En el viaje por el nuevo camino, mientras la camioneta trepaba y trepaba, en el asiento trasero los 3 cineastas dormían, Bruno y Nico, intentaban calmar una resaca galopante y Javi, simplemente reponía el escaso sueño. De modo que desde un principio mi tarea fue hablar con las personas. De esta manera supe que Alfredo era de las sierras y que hacía años trabajaba de chofer, haciendo viajes en su camioneta, que a su vez pertenecía a un concejal, a quien él le rendía una parte de sus ganancias. Su apellido era Chávez también, como la sierras, y como la mayoría de los habitantes de esos rincones de un Cuyo que no parece Cuyo, que tiene otra imagen superpuesta, la de un intenso verde entre rocas de granito milenarias y que parece en sí mismo suficiente argumento para hacer una película documental. Luego de horas de curvas y contra curvas, de haber superado en más de una oportunidad los 2000msnm, llegamos a lo de El Gaucho que sabíamos, de acuerdo al itinerario que nos había dejado escrito Juan, sería nuestra primera parada. En teoría, en lo de El Gaucho, estaría Nano con 7 animales: una mula para cada uno y tres burros cargueros. Alfredo nos ayudó a descargar todos nuestros bártulos allí y se fue rápidamente, ya que debía hacer un viaje hasta La Rioja para la fiesta de Anguango. Comenzaba así la experiencia etnográfica más “clásica” que hubiera vivido. Cual Malinowski viendo partir la lancha que lo dejó en las Trobriand, la camioneta se alejaba por la huella y nosotros nos encontrábamos en un rancho, muy lejos del epicentro de las Sierras de Chavez, en medio de una picada sobre el río, por su puesto sin señal de celular y a merced de la gente local.


El Gaucho se llama Roberto Gómez y paradójicamente, aunque en el plan de Juan Montes, él debería haber estado esperándonos, no estaba. Se había ido al campo, como si sus casas estuvieran en algún tipo de microcentro urbano[12]. Nano, un baqueano que debió haber estado allí con los animales tampoco estaba. Nos recibieron en lo de los Gómez, Gilda y Rocío, dos de las hijas del Gaucho. Nos dijeron que Nano se había ido, que había estado esperándonos el día anterior y que nos había esperado allí hasta caída la tarde y luego se fue con los animales de vuelta, de modo que no sabíamos con exactitud si alguien vendría por nosotros. A las 13:49hs estábamos casi listos para salir hacia Vallecito, a la casa de Ladislao Reyes Chávez, El Poeta. Lo que no estaba previsto en el plan de Juan era que nuestro baqueano, Nano, que después fue Ruli, también iría montado en un animal, haciendo que uno de nosotros tuviese que ir caminando. En esa oportunidad fue Bruno, quien caminó todo el viaje hasta la casa de Reyes.


En esa partida comenzó otra experiencia de una emocionalidad sumamente fuerte. La de viajar en las bestias como llaman ellos a las mulas, burros, caballos, yeguas. Si bien yo había montado a caballo en muchas oportunidades, jamás había viajado en un animal. El equipo de cine ni siquiera había tenido la oportunidad de montar a caballo, más que en alguna oportunidad esporádica. Tuvimos que hacernos jinetes, pero además jinetes de las sierras, que no es lo mismo que cabalgar en la pampa. Viajar en mula, es una experiencia que vale la pena narrar. De manera equivalente a colocar un auto automático en la posición “Drive”, en la que notamos que comienza a rodar solo, luego de unos toques con los talones en el vientre del animal, acompañado de la onomatopeya, traducible como unos “besitos”, mmmshh mmmssshhh, la bestia comienza a seguir un sendero y no frena. Lo curioso también, es que sigue un sendero, entre cientos de miles de senderos que tienen las sierras. Ese paisaje que ante los ojos de los urbanitas cineastas no es más que un montón de cerros “vírgenes” se transforma en un espacio totalmente antropizado. Los cerros tienen caminos, por lo tanto, son puentes que conectan una casa con otra. Cada portezuelo es realmente una puerta hacia otro mundo, hacia otra zona, que tiene un nombre y una huella. La mula, sabe perfectamente hacia dónde se dirige y hasta parece optimizar su rendimiento y colocarse en la velocidad crucero de mayor comodidad para sí, en la senda que entre un millar de opciones sabe, es la que la lleva a donde su jinete desea ir. Luego de tres horas y media de viaje en mula, en el que parábamos cuando el paisaje de la altura era realmente “impactante” y ameritaba desalforjar los equipos para realizar una toma llegamos a lo de Ladislao Reyes Chávez. Unos minutos antes de llegar, Ruli nos indicó que estábamos al llegar, tal y como se lo habíamos solicitado, ya que la idea de Juan era registrar nuestra llegada a la casa de Ladislao. Así fue que, a unos 200 metros de un corral de pircas “sin igual”, que en ese momento se encontraba vacío, Ruli señalaba hacia abajo, en dirección suroeste, diciendo “si van a filmar es acá que tienen que prepararse porque la casa del tío Ladislao es allá”. Lo único que se veía era un corral, más la casa permanecía oculta. Cuando estuvo montada la parafernalia cinematográfica, cámara, sonido, etc., descendimos la montaña llegando a la casa del viejo. Él nos recibió diciendo “Bienvenidos a Vallecito, otro país” (...) Aquí van a encontrar la tranquilidad que no encontrarán en otros lugares” (…) “La paz que no se tiene en otros sectores, la va encontrar aquí”.


Su casa era un rancho de adobe y piedras de unos 20 metros de largo, pegada a unos cincuenta centímetros de la loma de la que habíamos descendido. Es por eso que su casa no se veía cuando Ruli la señalaba.



Ladislao Reyes Chávez, de 64 años, es un hombre que se define a sí mismo como un poeta. Habiendo completado la escuela hasta séptimo grado de la primaria, es realmente admirable su capacidad para escribir. Con una letra en manuscrita, con la prolijidad que caracteriza a las maestras de escuela primaria, llena numerosos cuadernos pequeños con su poesía. Ladislao vive en un sector de las Sierras de Elizondo llamado Vallecitos. Comparte sus días con su hija Leda y su nieto pequeño llamado Matías. Su lejanía exagerada, como si viviera en un borde del mundo de forma literal[14], poseer uno de los corrales más grandes que existen en toda la sierra, con más de trecientas cabras y su condición de poeta, lo convirtieron en el personaje “perfecto” para realizar una película. Nadie en Mulánima perdería la oportunidad de contar su historia, por eso Juan lo pensó como el protagonista, pero, ¿cómo contarla? ¿Podrá Ladislao narrar su propia historia a través de estos cineastas? Si ninguna de las escenas que se tomaron existiría si yo no hubiera sido pensado como una garantía de que el viaje se realice ¿Qué implicancias tiene mi propia participación en la película?




El cine en Valle Fértil


La película que quiere realizar Juan Montes, no sería el primer documental que se filma en territorio vallisto, ni la primera en tener interés por estas poblaciones. A principios de los 70’s Jorge Prelorán, reconocido documentalista argentino, llegó al territorio vallisto y realizó allí Valle Fértil uno de sus documentales etnográficos.


Prelorán es reconocido como el primer documentalista argentino y adquirió una importancia significativa en la antropología de la época (Colombres 1985). Formado junto al folclorólogo Augusto Raúl Cortázar, Prelorán estaba obsesionado con la vida social rural y su cine, puede ser enmarcado en lo que se conoce como “antropología de rescate”. Para esta narrativa cinematográfica, las poblaciones vallistas, o, mejor dicho, aquello que era considerado sus tradiciones, iban a desaparecer por el avance del mundo moderno y la proliferación de las comunicaciones. El film Valle Fértil (1973) muestra a las personas en su cotidianeidad, realizando sus labores diarias de cocina, herrería, carpintería, minería y cría de animales, siendo absorbidas por la presencia de un nuevo aparato, la radio, que transformaría la vida de las poblaciones vallistas. Luego de varios planos en los que se escuchan los sonidos de cada una de las actividades hogareñas con que las personas resuelven su vida, al tiempo que cada personaje introducido cuenta su historia, ingresa a la escena el aparato parlante, desarticulando la “paz” de un entorno, que a pesar de encontrarse lejos del centro de la Ciudad de San Juan, escucha sus publicidades radiales. Así, en el film el volumen al que suena la radio, se sobrepone al ruido del martillo, el de las gallinas, el del hacha, y del fuego.


Registrando la vida de estas personas, asumiendo su inminente “desaparición” lo que hizo Prelorán fue iniciar una tradición de interés cinematográfico por el territorio vallista, que con actualizaciones persiste hasta hoy.


En contemporáneo a Prelorán, otro agente del cine produjo material fílmico. Ricardo Levinton, un sanjuanino que actualmente reside en Francia, hizo lo que Prelorán en el territorio de Bermejo y más tarde sus filmaciones de la juventud, le permitieron doctorarse en Imagen en una universidad francesa[16]. Si bien Bermejo se encuentra en el Departamento Caucete, posee desde hace cientos de años hasta el presente, estrechos vínculos con las poblaciones vallistas[17]. Levinton dirigió Difunta Correa (1971), Bermejo (1971), Pan Casero (1985), Carneo (1986), Don Wenceslao Herrera: Mañanitas en Bermejo (1986) y Patay Patay: Bermejo (1987), entre las que están disponibles para ver en su canal de Youtube[18]. Esta notable producción fílmica de Levinton es muy al estilo Prelorán, aunque quizás más “cruda” aún, es decir con menos ediciones de sonido y con la cámara registrando imagen y sonido con correspondencia, algo que en Prelorán no es así y las voces de las personas aparecen en off, mientras realizan diferentes trabajos. No sabemos si Levinton y Prelorán se conocieron y compartieron ideas acerca de sus materiales, pero sí es posible atribuir las similitudes de sus trabajos a la antropología de la época, en crisis por la “inminente” desaparición de quienes habían sido desde los orígenes, su objeto de estudio (Guber, 2005).


La producción de Ricardo Levinton, junto a la de Prelorán, reúne un importante material audiovisual sobre las poblaciones rurales de esa porción territorial de San Juan, que vincula el noreste de Caucete, con el sureste de Valle Fértil, y a su vez ponen en circulación la idea implícita de que, por alguna razón, esas poblaciones merecen ser registradas con una cámara. Dan inicio a lo que posibilita que una serie de prácticas, ligadas a una forma de vida alternativa, con una economía de subsistencia diferente a la de la vida urbana, sean dignas de ser capturadas con la lente de un aparato y almacenadas, porque tienen algún valor justificado en la posibilidad de que aquello que es atrapado por la lente deje de existir en un futuro próximo. Es un doble proceso de exotizar, Da Matta (1999), un modo de vida rural y familiarizarse con él. Luego volverlo una reliquia, un testimonio de un “tiempo pasado” que ya no existe. Nada distinto a cómo operaba la antropología del siglo XIX, aproximándose a los nativos como lo totalmente opuesto a la civilización europea, el estudio de los pueblos sin historia (Wolf, 2005; Guber, 2005), mientras la sociología problematizaría la política de las sociedades europeas. Las películas de Levinton y Prelorán trazan una línea divisoria entre aquello que es registrado por la lente y quienes son los realizadores de la película. Valle Fértil, Bermejo, son construidos como lugares exóticos, entraman misterio, folklore y poesía, resultan pintorescos al ojo modernamente adoctrinado. Homi Bhabha (2002), en sus reflexiones de “El lugar de la cultura”, afirma lo siguiente: “el concepto de Freud del “narcisismo de las pequeñas diferencias” (reinterpretado para nuestros fines) proporciona un modo de comprender con cuánta facilidad la frontera que asegura los límites cohesivos de la nación occidental, puede transformarse imperceptiblemente en una liminaridad contenciosa interna, que proporciona un sitio desde el que hablar de, y como, la minoría, el exiliado, el marginal y el emergente” (Bhabha, 2002: 185). Creo que estas películas, están motorizadas por ese narcisismo de las pequeñas diferencias, del que nos habla Bhabha, que construye un valor sobre las vidas de otros, fundado en esas pequeñas diferencias, que permiten contar la historia de, o filmar una mañanita en Bermejo.


Si hay algo que aquellas narrativas cinematográficas nos dejan como insumos para la reflexión, es el registro fílmico de un territorio a partir de una concepción centralmente naturalista que hace del “cotidianismo”[19] de las personas, un valor artístico. Al convertir el territorio sanjuanino en un paisaje objeto de registro, estas “clásicas producciones”, dan inicio al interés cinematográfico por San Juan y sus poblados más recónditos.

Hoy, la productora Mulánima, dirigida por Juan Francisco Montes, tiene la intención de hacer un nuevo film documental, en este caso, sobre la vida en las sierras de Valle Fértil. La película contará la vida de Ladislao Reyes Chávez un puestero de las sierras de Elizondo. En la carpeta a la que tenemos acceso. La productora resume la película de la siguiente manera:


“Ladislao Reyes vive en Vallecito, el lugar más remoto de las Sierras de Elizondo, en Valle Fértil, San Juan. A 12 hs. en mula desde Astica.

Es un poeta innato, puestero criador de cabras, humilde y alegre. Que, de forma campechana en versos crudos, le escribe desde el corazón a su Sierra. Narrando mediante su lírica, la forma de vida de su comunidad.

Después del éxito de su primer libro “Trovador Vallisto”, Ladislao sueña publicar un segundo libro, con más de 800 poemas escritos a mano en cuadernos, que guarda como su mayor tesoro.

La invitación a participar de un concurso literario, le da la oportunidad de cumplir su sueño. Pero deberá asumir el desafío de viajar a la Ciudad de San Juan, enfrentando las dificultades que esto implica”[20].


Cuando los cineastas narran a Reyes, (representante predilecto de la vida en las sierras), destacan su falta de conocimiento (sólo fue a la escuela primaria), ponderando lo que sería parte de su cultura, el don nato de poder escribir poemas. A pesar de registrar cuarenta años después situaciones muy similares a las que aquellas pioneras películas nos dejaron como testimonio, la productora Mulánima reproduce muchas de las ideas que identificamos en las “clásicas” producciones de Levinton y Prelorán, incluso aquellas ligadas a la inminente desaparición de las poblaciones serranas. Lo que ya no podría estar allí, de acuerdo al imaginario de los pioneros cineastas, está siendo registrado nuevamente y ni el transcurrir de décadas ha sido suficiente. La pregunta será entonces ¿Qué narrativa podría inaugurar esta nueva película sobre Valle Fértil? En suma, más allá de las variaciones rastreables entre unas y otras producciones fílmicas y los nuevos proyectos documentales, lo que el accionar de las realizaciones audiovisuales existentes acerca de las poblaciones rurales abordadas produce, es un proceso de “otrificación”, que al convertir, valga la redundancia en un otro a los pobladores locales, demuestran algo que la antropología conoce bien. Como afirma Da Matta (1999), “el trabajo antropológico, me doy cuenta (y no sin susto), es estar entre dos fuegos: mi cultura y otra, mi mundo y otro” (pp.2), estos dos fuegos representan una línea divisoria con un anclaje histórico colonial de larga data, que es en definitiva lo que permite hacer subsistir una relación de dominación entre puesteros de la sierra o el desierto del Bermejo, y agentes que tienen un interés estético o científico por estas comunidades.



El aislamiento como justificación de la acción territorial


En un trabajo publicado por miembros de un proyecto de telemedicina de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de San Juan (Verhasselt, Curto y Pickenhayn, 2002), los expertos en salud manifiestan su preocupación en torno a las enfermedades congénitas generadas por el aislamiento de las poblaciones vallistas. En este sentido concluyen su trabajo de la siguiente manera:


El aislamiento de la Sierra de Chávez, La Majadita y Los Bretes probablemente se origine en una trama cultural compleja que se ha mantenido a través del tiempo por razones socioeconómicas desconocidas para el observador (podría ser la tenencia de la tierra). La consanguinidad detectada desde afuera, pero no desde el interior de la comunidad, tampoco sería un producto del aislamiento sino como en tantos otros lugares, la estrategia utilizada para prevenir la división de la tierra”.


En su trabajo los expertos de la salud advirtieron que el aislamiento de las poblaciones serranas de Valle Fértil, está lejos de ser una condición impuesta a la población y que más bien se trata de una estrategia, a los fines de preservar la tenencia de la tierra de forma prolongada, sin tener posesión legal de la misma. Esto es lo que Viveiros de Castro (2019) ha definido como aislamiento voluntario. Es decir “Aquellos pueblos que eligieron, en tanto y en cuanto la historia lo permitió, el aislamiento objetivo” (pp.32). Desde esta perspectiva es posible pensar que Ladislao Reyes Chávez, el protagonista de la película de Mulánima, se habría mantenido viviendo en el punto más recóndito de las sierras, no sólo para convertirse en un poeta ermitaño, sino también como la única alternativa para conservar su territorio. Esto estaría develando una historia mucho menos romántica sobre Ladislao, que excede al aislamiento voluntario del que habla Viveiros, donde la precariedad de las condiciones de vida, dejan como única salida el aislamiento[21].


Desde proyectos de medicina poblacional, como es el caso de los bioingenieros de la UNSJ, hasta proyectos de mayor envergadura como la construcción de un camino vehicular (que transitamos en nuestro viaje), inaugurado en diciembre de 2019, que sube más de mil metros de altura en unos 20km, desde Los Bretes, hasta las Sierras de Chávez, pueden ser llevados a cabo por el aislamiento. En este sentido, deduzco que el aislamiento es mucho más que una noción utilizada para describir una “condición” de las poblaciones serranas, sino también, una excusa, para llevar a cabo de forma justificada, acciones territoriales sobre las poblaciones serranas.


En ocasión de la inauguración de un CIC (Centro Integrador Comunitario) en La Majadita, en noviembre de 2019, el gobernador de San Juan, Sergio Uñac, aprovechó el viaje para inaugurar también el camino vehicular de las sierras. Las palabras de un conmovido jefe de Estado, frente a un puñado de familias de La Majadita, fueron las siguientes:


“yo tenía pensado ir y volver en helicóptero, porque yo a esta hora ya debería estar con agenda en la casa de gobierno, pero no tenía sentido ir hasta allá y no conocer este camino, que es orgullo de ustedes, pero también es orgullo mío, porque yo también provengo de un departamento que es del interior. Que es más cercano de la capital, pero es del interior de la Provincia, donde hemos hecho de la agricultura, menos de la ganadería, pero también hay algo, quizás las actividades económicas que nos han permitido a los habitantes de Pocito, como les permite a los habitantes del valle vivir cada día mejor, incorporar y apuntalar actividades económicas que permitan generar calidad de vida y creo que eso es lo que estamos haciendo hoy.”


El gobernador de San Juan, se bajó del helicóptero de la provincia y recorrió personalmente en una camioneta 4x4, el camino que conseguiría al fin sacar del aislamiento a las poblaciones serranas, bajando desde Chávez, hasta la Majadita, por tierra y no por aire. De este modo, comparando la situación de su lugar de origen, Pocito, departamento al Sur de la capital de San Juan, con la de los puesteros serranos, logró promover localmente su gesta en público. “Apuntalar actividades económicas” es sin duda el propósito de desarrollar este camino, que a decir verdad no es más que una “huella”, intransitable en un vehículo que no disponga de una altura considerable y tracción en las cuatro ruedas.


Así como para el proyecto gubernamental de Sergio Uñac, para mis interlocutores cineastas, el aislamiento es también una noción clave para la construcción de la narrativa de la película, después de todo, es lo que justifica un guion que se asemeja tanto al de las películas clásicas, inspiradas en la antropología de rescate. Ya no es una apelación directa al curso unilineal del tiempo, lo que explica los porqués de filmar la vida de esas poblaciones rurales, sino un complejo andamiaje conceptual, que se apoya en el aislamiento.


Para la productora Mulánima, las poblaciones de las Sierras, viven aisladas de la modernidad al tiempo que están en contacto cada vez más fluido con los productos disponibles del mundo moderno, como la televisión e internet[22]. Para los nuevos cineastas que exploran Valle Fértil, las sierras son un mundo recién contaminándose de las luces que arrojará la construcción del nuevo camino vehicular que llega allí. No importa que los puesteros serranos jamás hayan pronunciado la noción que describe una isla para definirse a sí mismos, pero a pesar de ello el aislamiento es un gran motor para la acción territorial en las sierras, casi todo, hasta la realización de una película es en nombre de un proyecto de mejora de condiciones para una población aislada.


Durante el viaje con los cineastas, pregunté a cada persona que conocí, qué opinaban del nuevo camino de las Sierras de Chávez, casi todos lo celebraban, reproduciendo el discurso gubernamental, fundado en la esperanza del desarrollo económico, pero cuando estuvimos alojados en la casa de Rosalía Riveros, en las Sierras de Elizondo, ella dijo algo diferente. Cuando le pregunté por el camino, dijo “Ese camino no está hecho para nosotros, dígame usted cuántos acá tienen una 4x4, por cuatro patas andamos nosotros aquí (…) Yo he tenido un almacén en Astica, cuando mis hijos iban a la escuela, subía y bajaba todas las semanas, más de tres veces. Jamás hemos estado aislados aquí (…) yo al gobernador, a los concejales, los subiría en la mula mía, a ver cómo le quedan las ancas, a ver si llegan así hasta acá”. Para Rosalía Riveros, el nuevo camino a las sierras de Chávez es una obra para otras personas, pero no precisamente para los puesteros de las sierras. Ella no considera una desventaja tener que viajar en mula hasta Astica para hacer las compras del mes, por el contrario reivindicaba eso y apuntaba a los agentes de la política como personas incapaces de realizar lo que ella continúa haciendo con más de 70 años de edad. La respuesta de Rosalía a mi pregunta, me permitió pensar por primera vez que un camino vehicular que llegase más cerca de sus viviendas, no sólo no era una necesidad de los puesteros, que no tienen vehículos, ni suficientes recursos económicos como para adquirir uno, sino algo que ponía en peligro la manera en que la vida cotidiana discurre en las sierras desde hace generaciones, pero lo que permitió pensar fundamentalmente, fue que el problema que inauguraba la creación del nuevo camino, era el acceso que nuevos agentes, conductores de vehículos doble tracción tendrían a las tierras que los puesteros gobiernan desde siempre pero sin papeles, protegiéndola con su “aislamiento”. En otras palabras, la gente de las sierras de Elizondo, siempre se movió, siempre tuvo medios para hacerlo y el aislamiento, es en todo caso una estrategia, antes que un padecimiento.


Retomando a Viveiros de Castro. “Para cada pueblo que entra en contacto, surge un pueblo aislado, que es como una retroproyección del primero, ligeramente desfasada en el tiempo, un desfasaje que va aumentando a medida que el grupo que es contactado adopta nuevos hábitos y técnicas y que los aislados eventualmente se desvanecen en tanto realidad empírica (…) podemos decir que el contacto de un pueblo aislado hace nacer un nuevo pueblo aislado, de ese pueblo ya no aislado. (Viveiros de Castro, 2019: 36). Aunque los pueblos aislados a los que hace referencia Viveiros de Castro, son pueblos amazónicos, aquellos que nunca han tenido contacto con occidente y por lo tanto el autor consideraría premodernos (la misma operación que los cineastas, pero un poco más “seria”), comparado con nuestro caso, creo que aplica, en tanto el Departamento Valle Fértil, es un ejemplo paradigmático de cómo nuevos caminos vehiculares, en ocasiones desconectan más a las poblaciones locales, de lo que imaginaríamos. En este sentido podemos mencionar los casos de Chucuma y también de La Majadita, al mismo tiempo que el megaproyecto del corredor bioceánico, en el marco del qhapac ñan habilitó la Ruta Nacional N° 150, que permite llegar a Valle Fértil desde el centro del país, ingresando desde el Norte, sin pasar por los poblados vallistos[23], generando que toda la circulación del centro este del país ya no pase por todos los pueblos vallistos que se encuentran sobre la Ruta Provincial N°510. De esta forma, el tramo de ruta que va desde Marayes, hasta Las Tumanas, puede evitarse para llegar a San Agustín de Valle Fértil. El caso de Chucuma es el más paradójico debido a que su temprano aislamiento, tuvo que ver con el desvío del camino, luego de una de sus reparaciones. El pueblo de Chucuma, quedó evitado por una curva, que ahorra un minuto de viaje y permite que una multiplicidad de conductores, evite pasar por ahí, cortando el flujo de intercambio económico del pueblo con otros grupos.


En La Majadita, el valle se vuelve muy estrecho, el río zigzaguea de un lado a otro de las montañas, y el camino vehicular, que cruzaba el valle en una línea tangencial, atravesaba el río una decena de veces para llegar hasta la capilla del pueblo. El camino exigía audacia para quien lo transitaba, y las reiteradas crecientes durante la época estival, impedían la circulación de vehículos, incluso doble tracción. Los pobladores locales, se movían mayoritariamente a lomo de animales. El año 2014 fue una bisagra para La Majadita, una enorme creciente, comparable con una fechada a fines de los 60, terminó con un período de ocho años de sequía, arrasando con todo, hasta el camino vehicular, que quedó totalmente borrado. La vuelta repentina del agua, hizo que las siguientes gestiones de la intendencia departamental estuvieran abocadas a la construcción de un nuevo camino vehicular para llegar a La Majadita que ya no requiere cruzar el río, debido a que está construido en altura sobre la margen izquierda del mismo. Se puede llegar en cualquier vehículo de tracción simple, en cualquier época del año, pero una multiplicidad de casas de los pobladores locales, ubicadas en el trazado del viejo camino, quedaron aisladas luego de que el aislamiento concluyó, debido a que ya nadie pasa por la puerta de sus hogares.


Como demuestran estos casos, el trabajo de conectar a los pueblos en condición de aislamiento puede producir, como propone Viveiros de Castro, un nuevo aislamiento, que al terminar con el aislamiento empírico, inaugura otro que no es menos político, sino por el contrario la nueva política para estos pueblos. Los nuevos caminos, conectan a los pueblos materialmente, pero los desconectan políticamente. Cuando un nuevo camino es abierto, aparece en el paisaje de las sierras un elemento novedoso: el alambre. El paso siguiente a la construcción de un camino, es el tendido de postes sobre las márgenes. Con la premisa de que la circulación exige que el camino esté despejado, se alambra “para prevenir accidentes”, se alambra porque multan a las personas dueñas de un animal que es atropellado, se obliga a alambrar. De esta forma se delimitan tierras que hasta hace poco sólo se dividían de acuerdo a prácticas de pastoreo o de viaje, pero que no podían pertenecer a nadie, porque no tenían ningún límite propietario. Los caminos, los postes y el alambre, son un paso hacia la expropiación de la tierra. El asilamiento como estrategia, que advirtieron incluso los miembros del proyecto de medicina, se ve trunco, pues llega el aislamiento político a solucionar la vida de pobres puesteros “aislados”.



La temporalidad es la cuestión


La clave del dominio de Mulánima sobre el territorio vallista, es el dominio de la temporalidad, pues los cineastas despliegan la idea de que los puesteros serranos son un sujeto atemporal, conceptualizándolos como pre-modernos, lo que tiene su correlato en valorarlos en términos culturales. De esta forma Mulánima proyecta un anacronismo sobre los puesteros serranos, logrando así el manejo del tiempo, en ese territorio. Esto es algo que Franz Fanon (2009), advirtió cuando dijo “todo problema humano pide ser considerado a partir del tiempo. Lo ideal sería que el presente sirviera siempre para construir el porvenir” (pp.46). Pero lo que Mulánima lleva a cabo es una sustracción temporal del sujeto serrano, ya que esa vida asociada a un momento previo a la modernidad, es extirpada de nuestro tiempo contemporáneo. Esto es lo que Fabian (2019) llamó la negación de la coetaneidad, necesaria para convertir los acontecimientos sociales en datos, en hechos sociales, porque de otro modo no podrían serlo. Bajo esta operación, una vez más una producción audiovisual, afirmará que la vida de los puesteros de Valle Fértil, es una reminiscencia del pasado y que por lo tanto desaparecerán, o en términos zoológicos están “en vías de extinción[24] . La distancia temporal que crea la situación actual de que llegar hasta Elizondo, implique viajar más de siete horas a lomo bestias desde el poblado de Astica, es para estos nuevos interesados en filmar las poblaciones locales, equivalente a llegar a “El Dorado”.


Vemos entonces que el evolucionismo unilineal de Morgan y Taylor, a pesar de ríos de tinta críticos desparramados, siguen operando territorialmente y es la cultura material de las poblaciones lo que determina su grado de “evolución”, o mejor su acomodamiento en relación a la fuerza que la modernidad como un fetiche (Segato, 2004), ha puesto en marcha, dando a los puesteros serranos una posición “otra”, que no sólo tiene una correspondencia en la estructura social, sino que deforma las líneas del espacio tiempo y los define como sujetos de un “pasado”. El testimonio de lo que ya fue. Como en las películas de Prelorán los puesteros serranos, están siendo amenazados por el avance de la modernidad. Se genera un juego dicotómico entre pasado y presente, en donde el presente devora el pasado, un pasado que es en realidad el presente también, pues sino la película jamás podría documentarse y este trabajo tampoco, pero que la política de la diferencia empleada por el registro fílmico sustrae del presente y ubica en el pasado, ya que en la creación dicotómica de dos temporalidades que parecen yuxtaponerse, surge la diferencia cultural que da valor a la realización cinematográfica. Se restaura el despliegue político conceptual que hace de los puesteros serranos Otros, protagonistas de una película, más no de la acción territorial contemporánea. Al decir de Bhabha, “la enunciación de la diferencia cultural problematiza la división binaria de pasado y presente, tradición y modernidad, al nivel de la representación cultural y su interpelación autoritativa. Es el problema del modo en que, al significar el presente, algo llega a ser repetido, reubicado y traducido en nombre de la tradición, bajo el disfraz de un pasado que no es necesariamente' un signo fiel de memoria histórica sino una estrategia de representar autoridad en términos del artificio de lo arcaico. Esa iteración niega nuestro sentido de los orígenes de la lucha. Debilita nuestro sentido de los efectos homogeneizantes de los símbolos e íconos culturales, cuestionando nuestro sentido de la autoridad de la síntesis cultural en general” (Bhabha, 2002: 56).


El dominio temporal que se produce por parte de los narradores de la película y el aislamiento que posibilita accionar territorialmente en nombre de los puesteros serranos, permiten en definitiva que el otro, ya sea exotizado o familiarizado (Da Matta, 1999), resulte a fin de cuentas representado.



La representación como problema


¿Por qué unos cineastas tienen interés por puestero y poeta, perdido en una montaña? ¿Representa la vida en las sierras, la mirada que Mulánima produzca sobre ellos? Pues hemos entrado en el meollo de una ya larga discusión acerca de la representación y qué tipo de relaciones de poder implica la práctica con poblaciones subalternizadas.


En primer lugar, para que alguien pueda representar un otro, tienen que existir una serie de diferenciaciones entre ese otro y quienes se han propuesto contar su historia. Es decir, razones para que alguien en un enunciado se diferencie de aquellos a quienes llamará otros o nativos. Esta figura de la otredad, es en nuestro caso lo que proporcionaron ya, las películas analizadas en un apartado anterior, de Levinton y Prelorán. En este sentido es posible afirmar que el otro en las sierras de Valle Fértil, se ha construido a partir de las narrativas, rastreables sobre esas poblaciones. En segundo lugar, debe mantenerse una relación de poder de larga data, fundada hoy en la escisión entre quienes poseen conocimiento y quienes poseen cultura. En términos de Mario Blaser (2009) “entre quienes poseen la casa de la política racional y quiénes son sus huéspedes “tolerados[25](pp.4). Los cineastas son los sujetos de conocimiento, preocupados por, justamente conocer lo único que tienen los pobladores de la sierra, la cultura. El otro construido por Mulánima es fetichizado y apartado de la acción territorial que la misma productora audiovisual tuvo en el terreno. Las cámaras mostrarán a Ladislao Reyes, en su lado “pintoresco”, lo volverán un cuento popular acerca de un tierno viejo poeta ermitaño que logró publicar un libro y que luego de un esfuerzo sobrehumano para llegar a la ciudad, ingresa a La Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de San Juan, se anota en el concurso San Juan Escribe[26] y lo gana[27]. Cuando sabemos que en realidad Ladislao está en un lugar recóndito, porque de esa forma puede conservar una de las majadas de cabras más grandes que alguien tiene y ser dueño de la tierra hasta donde las cataratas de sus ojos le permiten ver. Tampoco contarán que hay días que Ladislao, su hija y su nieto no comen y que el agua que beben está salitrada y nos provocó diarrea a todos en nuestra estadía.


Edward Said (1994), dice que “La fetichtzación y la celebración inexorable de la diferencia y la otredad es, por lo tanto, un camino peligroso. Sugiere no solamente lo que Jonathan Fxiedman ha llamado la espectacularización de la antropología, por medio de la cual la textualización y culturización de sociedades parece ocurrir a pesar de la política y la historia. Sino también la apropiación descuidada y la traducción del mundo por un proceso que aun con todas sus declaraciones de relativismo. Despliegue de rigor epistemológico y experticia técnica, no puede diferenciarse fácilmente de los procesos del imperialismo” (p. 38).


¿Estoy comparando la empresa imperial con la acción de una productora audiovisual en territorio vallista? Si asumimos con Spivak (2003) que el sujeto subalterno ha sido estructuralmente silenciado en la narrativa histórica capitalista, es posible afirmar que tales prácticas se encuentran vigentes desde épocas imperiales y se restauran permanentemente en la acción territorial de nuevos agentes. La representación sabemos, “empezó con el contacto en el siglo XVI entre los comerciantes europeos y los reinos de África occidental que fue una fuente de esclavos negros durante tres siglos” (Hall, 2010: 424). Desde entonces “el cuerpo se convirtió en el objeto tótem y su propia visibilidad en la articulación evidente de la naturaleza y la cultura” (Green 1984: 31-32, en Hall 2010: 425). Por supuesto, hay continuidades de esas lógicas de la representación colonial en el presente y los nuevos cineastas de las sierras de Valle Fértil son un caso en el que las relaciones de poder imbuidas en el ejercicio de la representación del otro, muestran las continuidades de los principios elementales de la diferenciación. Lo que intento decir es que al narrar una historia en la que los puesteros de las sierras, viven en completa armonía, criando animales y escribiendo poemas de forma campechana, cuando es posible conocer que están al borde de ser afectados por las problemáticas de expoliación territorial, que ya afectaron a los pueblos más bajos, Rodriguez Mamby (2017), se corre el riesgo de estar estereotipando a los puesteros. Según Hall (2010), “los estereotipos retienen unas cuantas características “sencillas, vividas, memorables, fácilmente percibidas y ampliamente reconocidas” acerca de una persona, reducen todo acerca de una persona a esos rasgos, los exageran y simplifica y los fijan sin cambio o desarrollo hasta la eternidad”. (pp. 430). Esta es la forma en la que es posible representar a Ladislao Reyes como un poeta ermitaño, como plantea Juan Montes en el guion de su película y no como eso y además un criador excepcional de animales, que ha protegido sus tierras migrando cada vez más arriba, eligiendo la lejanía, con el propósito de continuar criando cabras, quizás con la única aspiración de que lo dejen en paz.



Consideraciones Finales


“Arriando sus cabras, vuelve al atardecer

cantando bajito, cuando, cuando el sol se va.

Mientras que ahí en el rancho, su mujer sus hijos, esperándolo están

con una sonrisa, un beso y un te quiero.

Y el feliz con eso, se sienta a la mesa, comen en silencio y luego se acuestan,

se duermen y sueñan con un mañana nuevo”[28]



Se ha expuesto en el texto una experiencia etnográfica con un grupo de cineastas que pretenden realizar una película documental sobre la vida en las sierras de Valle Fértil. Las reflexiones aquí compartidas son producto de la discusión constante que mantengo con Juan Francisco Montes (Gamuza), director y escritor de la futura película. Él quiere hacer un documental que llegue a la pantalla de Netflix y para eso está dispuesto a romantizar algunas de las historias de las sierras. No lo culpo por eso, después de todo, su propósito es poder vivir, resolver su economía, produciendo cine y haciendo lo que le gusta. “Estoy harto de filmar modelos en publicidades” ha repetido Gamuza en múltiples ocasiones. La verdad es que no podría culparlo, por las ideas que lo llevan a reproducir tales lógicas, que aquí llamé coloniales, subalternizantes, temporalizadoras, etc, ya que las mismas son mucho antes, responsabilidad de la antropología, que del cine. Recuperando nuevamente a Fabian (2019), la antropología es esencialmente una operación epistémica sobre el tiempo, es decir, es temporalizante. Yo creo que también, podría afirmarse lo mismo empleando otras categorías sumamente utilizadas por la disciplina como, etnicizante, culturizante, indianizante, aislante y un larguísimo etcétera, que ya no cabe en este texto que pretende concluir. Desde mi lugar como antropólogo creo que trato de poner en conflicto sus ideas, porque no se distinguen notablemente de las mías. Ambos estamos frente al desafío de escribir o documentar la vida de otros. Por eso es que siento una gran responsabilidad sobre lo que pueda ser dicho acerca de los puesteros de las sierras. Aunque intentara separar las cosas, dividir mundos: del cine y la antropología, estaría emprendiendo una tarea imposible. Después de todo si algún día existe un documental sobre la vida en las sierras, habrá sido también por mi culpa, ya que yo acepté subir a las sierras y filmar, ignorando que luego estaría envuelto en estas negociaciones.


Cada vez que hablo con Gamuza sobre estos problemas, él se afecta y me responde “estás re loco perro (…) Como podés pensar que el viejo ama tanto las cabras, vos querés que la película sea más política, pero yo quiero mostrar cómo viven y nada más, evitar los conflictos”. Lo que yo intento mostrarle a Gamuza, es algo evidente, que viene de Derrida: “que entre oposiciones binarias como nosotros/ellos, “no estamos tratando con [...] coexistencia pacífica […] sino más bien con una jerarquía violenta. Uno de los dos términos gobierna [...] el otro y tiene la sartén por el mango” (Derrida en Hall, 2010: 431) Intento decirle, que él tiene el poder de contar lo que quiera sobre los puesteros y que Netflix va o no a impugnar sus historias, pero que él puede asumir un compromiso con la gente que trabaja mucho más profundo que consensuar una filmación. Está frente a la posibilidad de narrar una historia sobre las sierras diferente, que traicione a las representaciones clásicas, en vez de los puesteros. Vencer las narrativas vigentes del aislamiento, el dominio de la temporalidad, e intentar contar que, en contemporáneo a nuestras vidas, mientras el capital expande sus libertades sin límites fronterizos, hay quienes viven colgados de los cerros, beben agua de las vertientes y sus rutinas están determinadas por el pastoreo de sus cabras. Que es absurdo imaginar a esas personas, llenando los formularios de un concurso literario en la ciudad, pues su poesía, más que escrita es cantada, porque tienen como destinatario las cabras y su entorno serrano, no un jurado evaluador.


En fin, la experiencia catalizada por los cineastas disparó una serie de reflexiones que continuarán más allá del último punto que cierre este texto. Pero será preciso no dejarlo ir sin decir, que la noción de catalizador que tomé desde un principio como un recurso textual, deviene quizás una categoría de análisis igualmente potente. El nuevo camino vehicular, es parte de la acción territorial gubernamental, pero al mismo tiempo comienza a operar como un catalizador. Si estamos hablando de algo que tiene la posibilidad de acelerar o retardar una reacción, es deducible pensar que traerá aparejadas nuevas reacciones. Así como este texto es la reacción generada por la experiencia con los cineastas, el nuevo camino, representa un catalizador, cuyo efecto sobre la población local está por verse.




Notas:

[1] Licenciado en Antropología por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Doctorando en Ciencias Antropológicas FFyH-UNC, en el marco de una beca doctoral cofinanciada entre CONICET y la Universidad Nacional de San Juan. Para contactarse con el autor: diegogarcesleon@gmail.com [2] Pongo en cursiva los términos que constituyen ideas fuerza, que articulan el texto. A su vez en esta nota, es preciso destacar que Mulánima o también Alma Mula, es una entidad no humana, presente en la cotidianidad vallista. Suele asociársela a experiencias diabólicas u oscurantistas. [3] Imagen extraída de Google Earth en mayo de 2020. Con rojo está demarcado el límite político de a Provincia de San Juan. En verde, el Cerro Pie de Palo, que opera como frontera física. En amarillo la extensión de las Sierras Centrales, que pertenece a San Juan. [4] Imagen extraída de Google Earth en mayo de 2020. Con rojo el límite político de la Provincia de San Juan. Con amarillo una porción de la Ruta N°510. Con azul sitios de nuestro interés. [5] Utilizaré comillas para relativizar algunas categorías o afirmaciones. [6] Mi familia posee una casa en La Majadita, un poblado de aproximadamente 300 habitantes, situado a 8 km de la Villa de San Agustín, cabecera del departamento. Mis viajes desde niño a ese lugar, sumados a mis viajes como etnógrafo en los últimos años, permiten realizar tales afirmaciones. [7] En un curso de maestría titulado “Debates actuales en antropología” el Dr. Gabriel Noel proporcionó herramientas teóricas para cuestionar la división del continuum folk-urbano inaugurado por Robert Redfield, y tratar de asir la verdadera complejidad de la vida social. Esto es, asumir que, hasta un puestero de las sierras de Valle Fértil, puede comportarse y tener aspiraciones similares a las de cualquier urbanita consumado. [8]Las Cabañas Chunkay se ubican en la Villa de San Agustín, sobre calle Rivadavia, justo frente a Cristo del polideportivo. Pertenecientes al abuelo de Juan Francisco Montes, eran la base de los cineastas, durante estas situaciones. [9] Llamado “El camino de los sueños” por el intendente departamental Omar Ortiz, se trata de un camino para vehículos 4x4, recientemente inaugurado, que llega desde los Los Bretes a Sierras de Chávez, por la antigua Z, la huella por donde históricamente viajaron en sus bestias los puesteros serranos. [10] Llegando a las Sierras de Chávez. Fotografía del autor. [11] No encontramos nombre científico para esta especie. [12] Con esta ironía pretendo destacar cómo es que en ese lugar donde la perspectiva de uno es “esto es el campo”, exista para los pobladores locales el campo, como un espacio aún más alejado. Normalmente se trata de puestos para la cría de animales en la profundidad de la sierra. Pero en esta expresión subyace un sentido urbano por parte de los puesteros que considero interesante. Mientras para cualquiera de nosotros resultaba irónico que hubiera otro campo, más campo que el lugar donde estábamos, los sentidos locales confirman que su autopercepción no es la de gente que vive en el campo de una vez y para siempre e invita a la reflexión sobre el movimiento de las personas en el territorio. [13] La casa de Ladislao Reyes Chávez en Vallecitos, Sierras de Elizondo, Valle Fértil, San Juan, Argentina. Fotografía del autor. [14] Podría definirse Vallecito como el borde del mundo, en tanto la montaña que está detrás de la casa de Ladislao, hacia el oeste limita con el desierto del Río Bermejo. Una gran extensión de arenas movedizas que termina en el cordón del Cerro Pie de Palo. [15] Ladislao Reyes Chávez leyendo uno de sus poemas para el sonidista del viaje, Javier Ruiz. Fotografía del autor. [16] https://www.diariodecuyo.com.ar/sanjuan/Difundiran-un-documental-inedito-sobre-los-pobladores-de-Bermejo-de-hace-46-anos-20170825-0085.html [17] El 18 de Enero de 2020 asistí al XI Festival del Cardón en la localidad de Los Bretes, en las Sierras de Valle Fértil. Fue notable la presencia de grupos musicales provenientes de la localidad de Bermejo durante el festival, así como la arenga a “la gente linda de Bermejo que ha venido a visitarnos”, que realizaba el locutor de la fiesta popular. [18] Disponibles en https://www.youtube.com/results?search_query=ricardo+levinton. Última consulta 18/02/2020. [19] Levinton ni editaba sus archivos, simplemente filmaba una mañanita en Bermejo. [20] Extraído de una carpeta privada de Google Drive, última consulta 05/03/2020. [21] Paradójico aún más es que tan sólo unos meses después de esta experiencia el aislamiento es una estrategia de supervivencia, pero para la población mundial, a razón de la expansión del SARS2, causante de la COVID19. [22] En el proyecto en que la productora Mulánima presenta la propuesta en un concurso documental del INCAA (Instituto Nacional de Cine Argentino) El aislamiento es tomado como un punto de partida. A su vez la reciente llegada de internet satelital y antenas de Direct tv, son pensadas como tecnologías que alteran el curso de una vida “premoderna”. [23] Luis Rodríguez Mamby (2017) en su tesis de grado de la UBA, aporta detalles sobre la inscripción del megaproyecto de reordenamiento territorial 20/30, que motorizó la construcción de la Ruta 150. [24] Muchas veces escuché a Juan Montes decir que le interesa filmar la vida en las sierras porque “está en extinción” [25] El énfasis es del autor. [26] San Juan Escribe es un concurso literario organizado por la Biblioteca de la Legislatura Provincial, de la Ciudad de San Juan, encabezado por el Vicegobernador de la provincia Marcelo Lima. [27] Esta es la narrativa que construye el guion de la película que realiza Mulánima bajo la dirección de Juan Francisco Montes. Tengo acceso a ella a través de un Google Drive, que el cineasta comparte con nosotros. [28] Escuché a Ladislao Reyes Chávez cantarle eso a sus cabras la mañana del 21 de septiembre de 2019. Él estaba feliz de que empezaba la primavera y sus cabras se iban a poner gorditas.




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